En el correr de los tiempos abundan las
parejas, los dúos, que han llevado a cabo en todos los campos
importantes tareas, por lo que han pasado a las páginas de la historia.
Pedro y Pablo es una de estas parejas. No es frecuente que la liturgia
del domingo sea sustituida por la de una fiesta. Sin embargo, así sucede
con este domingo. Tiene preferencia la fiesta y, por tanto, la liturgia
de San Pedro y San Pablo se impone. Dos santos, auténticas figuras en la
historia, mejor dicho, en la fundación de la Iglesia y del cristianismo.
San Pedro, como primer Papa y como primer responsable de la comunidad
cristiana, una vez que Jesús ascendiera a los cielos, y Pablo, como el
más influyente por sus escritos, por su actividad pastoral y por su
protagonismo en los primeros años del cristianismo. Sin duda ninguna, a
San Pablo le podemos valorar como el personaje más decisivo –después de
Cristo naturalmente- en los primeros pasos y en la consolidación y
expansión del cristianismo.
Pedro visitó las primera comunidades
cristianas, que se iban formando en Galilea y Samaría. Pablo que se
convirtió a los treinta años aproximadamente (Es famosa la descripción
que hace de su caída del caballo, de su conversión). Pedro escribió dos
cartas, de Pablo conservamos trece. Los dos fueron hechos prisioneros,
conducidos a Roma y condenados y crucificados en esta ciudad. En la
segunda lectura Pablo hace un dibujo, una semblanza de su figura, que
muchos quisiéramos para nosotros: “he combatido bien mi combate,
he mantenido la fe. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar
íntegro el mensaje, confiesa en una de
sus cartas. De Pedro, imposible olvidar aquella escena emotiva, que tuvo
lugar en la playa, después de la resurrección de Cristo, cuando Jesús le
pregunta por tres veces: “Pedro, ¿me amas?”.
A Pedro le dolió que le preguntara por tres veces, pues le recordaba su
anterior triple negación, y le contestó: ”Señor, tú lo sabes
todo; tú sabes que te quiero”. No le hizo
más preguntas, le bastaba con ésta.
Como apuntaba más arriba, tanto a San
Pedro como a San Pablo no se conciben al margen de la Iglesia. Iglesia
que está viviendo años difíciles, pero interesantes. Difíciles porque no
acierta a responder a las inquietudes del hombre moderno, difíciles
porque, como consecuencia, en varias zonas desciende el número de
católicos. No obstante, optimista porque una corriente importante de la
Iglesia busca nuevos caminos, no para adaptarse simplemente a los
tiempos, ni para ser más simpática, ni para seguir la moda, sino para
ser fiel a la intuición de Jesús y que la dio a conocer a lo largo de
los tres años de su vida pública. Hoy muchos creyentes se acercan a la
Biblia, a los evangelios, a la Palabra de Dios y esto augura encontrar
lo auténtico.
Es cierto que la Iglesia irradia una
imagen de cerrada y un tanto lejana, pero muchos creyentes han tomado
nota de que tienen el reto de llevar a la Iglesia, en vez de dejarse
remolcar por ella. Jesús hizo una pregunta clave a sus apóstoles y a la
gente que le escuchaba y hoy nos la dirige a nosotros: “¿quién
dice la gente que soy yo?, y ¿vosotros qué decís?”.
Entonces no salieron respuestas originales. Posiblemente tampoco ahora.
Lo importante es que sea una respuesta fiel, basada en hechos. Pedro y
Pablo dieron unas respuestas admirables con su vida. Si el primero dijo
“¿a dónde vamos a ir, si tú tienes palabras de vida eterna?”
refiriéndose a Cristo, Pablo confesó: “sé de quién me he fiado”
y en otra ocasión exclamó: ”vivo yo, no vivo yo, Cristo vive en
mí”.
Con este comentario, Josetxu Canibe, da por
terminado el curso 2007-2008. Le agradecemos de corazón, sus estupendos
comentarios, le deseamos un feliz verano y, Josetxu, HASTA SEPTIEMBRE.
12 domin. T. O. Ciclo A (22/6/2008)
MIEDO
Cuando Mateo escribió el evangelio de
este domingo no soplaban vientos suaves en favor de los cristianos. Las
comunidades, en las que pensaba el evangelista al redactar el texto que
comentamos, sufrían persecución, les rodeaba un ambiente hostil. Por
ello, para alentarles, recupera, rescata palabras dichas por Jesús a sus
seguidores en situaciones difíciles, similares: “no tengáis
miedo”, “no temáis”. Recomendación que
repite hoy nada menos que cuatro veces. Sin duda ninguna, el miedo es un
mal consejero, ya que nos paraliza, nos domestica, nos embrida, incluso
nos somete, esclaviza y nos incapacita para anunciar y denunciar.
Cuando el miedo nos invade, perdemos independencia, libertad,
renunciamos a decir o a hacer lo que juzgamos oportuno. Por ello no
extraña que Jesús insistiera tanto en este punto. Sencillamente valoraba
el peso negativo del sentimiento del temor. El Papa Juan Pablo II solía
insistir y recordar estas palabras de Jesús, sobre todo en los
encuentros multitudinarios con los jóvenes. Actualmente se siente tanto
el miedo que preferimos la seguridad a la libertad
Y no nos duele que nuestra libertad sea
recortada con tal de que la seguridad se vea fortalecida.
Podemos tener miedo al fracaso, a un
atentado terrorista, a perder un porcentaje de nuestro nivel de vida,
miedo al paro, a los exámenes, a la vejez, a la enfermedad, a hacer el
ridículo, y también miedo a manifestarnos como cristianos, como
seguidores de Jesús. Es verdad que vivimos en una sociedad democrática,
en la cual, en teoría, el miedo apenas se debiera notar. Pero esta misma
sociedad ha decretado lo que es correcto políticamente, correcto
religiosamente y correcto socialmente y quien se sale de esos
parámetros, de esas normas se expone a que el entrono le declare
indeseable y, por tanto, le rechace. Basta recordar las reacciones que
provoca el que alguien comente que abandona el grupo o se ausenta
porque va a misa o a una reunión parroquial.
Más aún, Jesús no se contenta con que no
tengamos miedo. Nos anima a dar un paso más, a alistarnos valientemente
a su causa, al decirnos: ”si alguien se declara a favor mío
delante de los hombres, también yo me declararé a favor suyo delante de
mi Padre”. Precisamente San Juan
Bautista, cuya fiesta celebramos el próximo 24 de junio, representa un
ejemplo destacado.
El miedo no desaparece recurriendo a la
diversión desmadrada o al alcohol, Jesús expone algunas razones por las
cuales venceremos el miedo. No sé si nos convencen todos los argumentos.
El primero se fundamenta, por ejemplo, en que nada quedará oculto, pues
todo llegará a conocerse. Solemos afirmar que la verdad, aunque lenta,
termina por vencer. Pero en ocasiones llega tarde y, si llega tarde,
quizá ya no interesa. Más sólido me parece cuando declara que no
tengamos miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo, sino a quienes
pueden destruir el cuerpo y el alma, es decir, a quienes nos pueden
arruinar como personas. Más concluyente juzgo la invitación que nos hace
a confiar plenamente, de forma inquebrantable en Dios, porque si se
preocupa de los gorriones, que valen mucho menos que nosotros, cómo no
va interesarse por nosotros. Naturalmente que esto no es cuestión de
decirlo, sino de sentirlo, de sentir la mirada paternal de Dios. Esto lo
vivía Teresa de Ávila cuando exclamaba: ”¡Nada te turbe, nada te
espante, sólo Dios basta!”. Personas así trasmiten una brisa de
serenidad y de confianza en la vida envidiable.
Hoy nos encontramos con una dificultad
consistente en que “el más allá”, al que alude Jesús varias veces en el
texto de hoy, apenas se cotiza, a diferencia de otras épocas, pues en
todo lo que se relaciona con la vida eterna exigimos muchas
explicaciones. Pero también contamos con una ventaja: nuestra idea de
Dios ha evolucionado y hemos pasado de un Dios autoritario y que amenaza
con la condena a un Dios cercano y compasivo, lo cual se aproxima más a
la imagen que Jesús intentó comunicarnos a lo largo de su vida pública.
Creer en Dios, supone confiar en Él, abrirse a la trascendencia, a la
esperanza, a superar el desvalimiento, que con frecuencia envuelve al
hombre. Un confiar que se nos hace un tanto cuesta arriba al tener la
sensación de que Dios está perdiendo batallas. Por lo cual resulta
plenamente actual el grito de Jesús: ”no tengáis miedo”.
11 domin. T. O. Ciclo A (15/6/2008)
TAREAS QUE NOS ESPERAN
No sé si todos estamos de acuerdo con el
comentario que hace Jesús al ver a la muchedumbre que le seguía.
“Se compadecía de ella, de las gentes, porque estaban abandonadas como
ovejas que no tienen pastor”. Pues hoy
mucha gente se siente libre, orgullosa, independiente. No obstante, hay
quienes, según momentos y circunstancias, se ven manipulados,
impotentes, ninguneados, de tal suerte que las valoraciones o juicios
dependen de quiénes y cuándo se emita el punto de vista. Más de una vez
nosotros mismos hemos coincidido con la opinión de Jesús y hemos
exclamado “¡Pobre gente!”. Cuando uno fija la vista en lugares como
Palestina o en personas como la niña de Huelva Mari Luz, que desapareció
en el mes de enero pasado y fue encontrada flotando en el mar junto a su
casa, o cuando observamos a un grupo humano sin ideales, sin proyectos,
errante, brota la exclamación “como ovejas sin pastor”.
Pero sucede también que otro tipo de personas ven la vida con elevado
optimismo, porque se sienten realizadas.
La experiencia nos dice que hay quienes
piensan que no hay necesidades y, si las hay, nada se puede hacer para
resolverlas. Sin embargo, para Jesús había y hay mucho que hacer, muchas
cosas que arreglar. Se necesitan más brazos dispuestos a trabajar para
que este mundo funcione adecuadamente. “La mies es mucha y los
operarios pocos”. Apunta a sus seguidores
varias tareas: la primera rogar al dueño de la mies,
porque la marcha de esta sociedad no depende solamente de nosotros. Dios
pinta algo. Señala algunas tareas que debemos realizar. En primer lugar,
proclamar que el Reino de Dios está cerca.
Con frecuencia tenemos el convencimiento de que el misionero, en vez de
predicar, debe dedicarse a construir casas o a abrir dispensarios o a
enseñar a cultivar la tierra, porque es más efectivo. Sin embargo no es
así. El enseñar a ser buen creyente ayuda extraordinariamente a hacer
frente a la vida también en su aspecto material. El misionero, cuando
evangeliza, prepara a su gente para la vida en todas sus facetas. Claro
que después es necesario que las palabras se vean corroboradas por
hechos y acciones, que sirvan de complemento a la palabra. Incluso
indica en qué dirección deben ir las acciones: a liberar, a sanar, a
curar de todo aquello que nos impide ser felices, de todo aquello que
nos oprime.
La pregunta sería qué realidades o qué
actitudes nos rompen la convivencia, siembran el sufrimiento y frenan la
construcción de una sociedad tal como la concibió Cristo. A esta tarea
estamos todos invitados. Por ejemplo, en la actual crisis económica
¿cómo evitar que haya víctimas o gente que sufra gravemente?.
Naturalmente que nosotros no podemos resucitar muertos, como apunta el
evangelio. Pero podemos levantar al que está hundido. Podemos dar vida
al hambriento. Y esto, aunque las circunstancias no soplen a favor,
aunque la reunión o cumbre, que se ha celebrado en Roma la primera
semana de este mes de junio contra el hambre, organizada por la FAO
(organismo de Naciones Unidas para la alimentación) y con representantes
de 183 países, haya resultado decepcionante. A pesar de todo el mandato
de Cristo: dar de comer al hambriento
sigue siendo válido y actual.
Para iniciar este cometido Jesús
escogió a los doce apóstoles. Para
continuarlo hoy cuenta con nosotros.
Sólo Dios puede dar la fuerza, pero
nosotros podemos sostener al desanimado. Sólo Dios es la vida, pero
nosotros podemos contagiar a los demás el deseo de vivir.
¿Nos encontramos como ovejas sin pastor?.
Si así fuera, no nos faltan testimonios, conductas, que nos abran
horizontes y nos den luz. Basta que detengamos nuestra mirada en
ciertas personas y prestemos atención a ciertas ideas de nuestro
entorno.