Domingo 22 del Tiempo Ordinario
ciclo A. 31 de agosto
Nos desconciertan las palabras de Jesús
que acabamos de escuchar: Pedro no acepta que seguirle a Él implique
sufrimiento, tampoco consiente que Jesús vaya a sufrir y Jesús le
reprende con dureza: “apártate de mi, Satanás, piensas como los hombres,
no como Dios”.
Jesús no quiere el
sufrimiento ni lo busca para Él ni para los demás. La primera
predicación de Jesús fue una invitación a ser felices, felices serán,
felices seréis…, su vida fue un acercamiento a los que sufrían,
enfermos, pobres, despreciados y ayudarles a quitar el sufrimiento, y
ahora dice que para seguirle, cada uno ha de tomar su cruz. Parece un
discurso contradictorio. ¿Qué nos quiere comunicar hoy Jesús al decirnos
que hemos de llevar nuestra cruz?
El relato evangélico que hemos oído nos
sitúa ante la verdad de nuestra vida. Jesús plantea a sus discípulos la
verdad de la suya: ha venido a traer el mensaje del Padre, a presentar
la verdad de Dios para que nosotros vivamos conforme a ella. Esto le
acarrea a Él persecución, la muerte que él acepta por fidelidad a su
misión.
Por qué sufrir. Hay
sufrimientos que brotan de la entraña de nuestro ser. En lo más profundo
de nuestra persona hay un deseo permanente, ilimitado de felicidad, y el
no alcanzar lo que deseamos nos acarrea sufrimiento. Los seres
humanos somos criaturas limitadas y esto nos plantea una pregunta
fundamental para la comprensión del sufrimiento: ¿aceptamos nuestra
condición de criaturas, que siempre implica finitud, limitaciones,
enfermedad, sufrimiento, muerte? Si no aceptamos que somos limitados,
vivimos en el error creyéndonos dueños plenos de nuestra vida; si
aceptamos nuestra condición de criaturas limitadas, hemos de aceptar que
el sufrimiento ha de llegar, que es algo connatural a nuestro ser el
enfermar, el envejecer, el morir y tantos otros límites.
Somos criaturas queridas por Dios, pero
queridas así, limitadas: es el misterio ante los porqués del hacer de
Dios.
El convencimiento profundo de nuestros
límites, el asumirlos como algo nuestro, es una de las condiciones
fundamentales para aceptarnos tal como somos, en la verdad de lo que
somos, para comprender el por qué del sufrimiento y para no vivir en el
engaño de pretender planificar una vida feliz, sin sufrimiento alguno,
sin enfermedades, ni vejez, ni persecuciones.
Pero en nuestra vida encontramos también
otros sufrimientos que creamos nosotros para nosotros mismos y para los
demás.
Son los sufrimientos que son fruto de
nuestros increíbles egoísmos e injusticias. Egoísmos con los que nos
herimos mutuamente: son el reparto injusto de bienes, el hambre, las
vejaciones, las violencias…, nosotros generamosdolor, generamos
sufrimiento al apoderarnos injustamente de lo que no nos pertenece
negándoselo a otros, con amenazas, el terrorismo, la guerra. Este sufrir
es radicalmente malo, es evitable y hay que evitarlo.
Cuando vemos sufrir, pasar hambre, cuando
vemos vivir en la tristeza injusta de una soledad a ancianos abandonados
por sus propios hijos a los que han dado la vida, han educado a veces
con un esfuerzo generoso y que en su vejez no reciben de ellos ni una
visita en la residencia en la que les han obligado a vivir; Dios no
puede aceptar nuestros egoísmos vergonzosos, nos pide generosidad aunque
hayamos de prescindir de caprichos o vanidades mundanas, nos pide que de
ningún modo provoquemos el sufrimiento de los demás, que nos ayudemos a
vivir dignamente.
Jesús sufrió por la salvación de todos
los hombres de todos los pueblos, hemos de estar abiertos a todos los
que padecen sufrimientos, opresiones, injusticias, aun a riesgo de las
consecuencias que puedan acarrearnos.
Cuando se ama y se vive intensamente la
vida, no se puede ser indiferente al dolor grande o pequeño de las
gentes. El hombre, la mujer al amar se hacen vulnerables. Amar incluye
"compasión", solidaridad en el dolor, porque "no existe ningún
sufrimiento que nos pueda ser ajeno".¿Quién puede decir que ama
quedándose impasible ante el dolor ajeno?. ¿Cómo disfrutar sabiendo que
se sufre a nuestro lado?.
Jesús no vivió para la cruz. En su vida
buscó aliviarlos sufrimientos de las gentes, buscó la felicidad
para todos y lo hizo con tal radicalidad y verdad, que en la búsqueda de
esa felicidad no se detuvo ni siquiera ante su propio sufrimiento, sino
que lo asumió por fidelidad al mensaje que el Padre le encomendó por
amor al ser humano. Esto le llevó a la cruz porque sus enemigos no
aceptaron lo que Jesús hacía y decía y Él no retiró ni una sola palabra,
ni huyó, fue consecuente y aceptó la pena máxima,la cruz por
fidelidad y amor. Fue su cruz, la cruz que él escogió por amor.
El impedir los sufrimientos, liberar a la
humanidad de las plagas vergonzosas provocadas por el egoísmo, el odio,
el rencor,por las injusticias, son acciones que traen vida, que
ayudan a vivir, y si acarrean austeridad, sufrimientos, es donde hemos
de ver la cruz de que nos habla hoy Jesús, el sufrimiento que Él
preconiza. Él dijo: “bienaventurados los que trabajan por la
justicia, por la paz, los misericordiosos… serán perseguidos, alcanzarán
el reino de los cielos”… Así sufrió
Jesús, así murió en la cruz, por esta causa noble, justa, pacificadora.
Cuando Jesús nos dice que hemos de amar
como El nos ha amado, nos invita a asumir el dolor que este amor lleve
consigo. Es el amor solidario, doloroso, que hace surgir salvación y
liberación, es “el fruto del grano de trigo que cae en tierra y
muere”. Es lo que descubrimos en Jesús
crucificado: sólo salva, sólo libera el que es capaz de compartir
el dolor solidarizándose con el que sufre.
Convenzámonos, "llevar la cruz" siguiendo
a Jesús no significa añadir y buscar para nuestra vida nuevos
sufrimientos, nuevas mortificaciones y nuevas cargas, como si esto nos
identificara más con el crucificado. Quien de verdad quiere seguir a
Jesús no se pone a buscar sufrimientos, se dispone a seguir el camino de
Jesús que es desvivirse por los demás. La renuncia y la cruz cristiana
llegarán como consecuencia de la experiencia positiva del servicio y de
la entrega, de valorar nuestra generosidad por encima de nuestras
vanidades y egoísmos, y de ver a Jesús que en la cruz nos ama del modo
más increíble y nos invita a amar asumiendo el sufrimiento que el amor
generoso exige.
A Él le costó la muerteprovocada
por el hombre, pero, no lo olvidemos, después de la muerte el Padre le
resucitó. Es la promesa que Jesús nos ha revelado también: nuestra
felicidad con Él a quienes le sigan en esta vida que a veces nos parece
tan contradictoria.
Quién es Jesús para mi?
Domingo 21 del Tiempo Ordinario
Ciclo A. 24 de agosto
Acabamos de oír que Jesús
pregunta a sus discípulos que piensan de él, “quién decís que soy yo”.
A nosotros que pretendemos seguirle, nos hace hoy esta misma pregunta.
Nuestra respuesta ha de
ser personal, de cada uno de nosotros. No pensemos que es una encuesta,
ni tiene porqué coincidir con lo que digan otros: teólogos,
eclesiásticos, concilios…eso es fácil de conocer, está bien escrito y
posiblemente lo hemos escuchado o leído muchas veces, tal vez en páginas
bellísimas, algunas recientemente escritas.
Jesús espera nuestra
respuesta, tuya y mía, lo que tú
y yo guardamos y que nadie más conoce. Él lo sabe, pero quiere que hoy
clarifiquemos ante él nuestra pensamiento, nuestro afecto. Es muy
conveniente el estar seguros de quién es para nosotros, nos interesa a
ti y a mí,
por eso es bueno reflexionar hoy.
Si queremos responder con
sinceridad, veremos que no es sencilla la respuesta. Lo más fácil es
repetir lo que ya han dicho otros. Debemos responder con lo que cada uno
hemos guardado como nuestro. Qué pienso yo del Jesús
vivo, que habla,
acoge, nos acompaña; quién es, qué me dice, qué guardo de él.
Podemos recordar ahora
algunos puntos de apoyo al alcance de todos, que nos pueden ayudar en
nuestra reflexión, pero bien entendido que hemos de tratar de enunciar
cada uno lo que Jesús representa hoy para mi, nuestra verdad.
Posiblemente nos habrán
acercado a Jesús las primeras palabras del evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra y la Palabra
era Dios…la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Juan dice que Jesús es la
Palabra de Dios. La palabra es efusión del ser profundo, del
pensamiento, del querer, la palabra es comunicación, es comunión. La
Palabra que Dios nos envía, es Dios, es la Buena Noticia que nos
revelará el misterio del Dios que va a hacerse hombre y a sentirlo más
nuestro.
Jesús se presenta como uno
de nosotros, es un hombre en el que Dios está especialmente presente, es
Dios que nace, crece, aprende a vivir, se socializa como un niño de
tantos en la Palestina de hace 2000 años, asiste a la sinagoga, recita
los salmos, vive como un hombre normal de su tiempo en una aldea pequeña
de un pueblo ocupado por Roma.
Ya hombre maduro acude al
Jordán y se hace bautizar por Juan y se oye una voz de lo alto que
resuena como un trueno: “es mi Hijo amado,
escuchadle”.
Jesús hombre, nacido de
María, hombre como nosotros va a presentar la palabra de Dios, Él es la
palabra de Dios. Al oírle oímos a Dios, al verle vemos a Dios, nos
sentimos cerca de Dios, al pensar en Él pensamos en Dios. Detrás de su
rostro, de su mirada, de sus palabras vemos, escuchamos a Dios.
Su humanidad es la
manifestación del Dios escondido, que nos revela lo que es Dios para
nosotros. Al verle, en Él vemos que Dios es compasión ante todo dolor,
defensa de los maltratados, esperanza de salud para los enfermos. Es el
Dios hombre, que vive, que sufre con los que sufren, identificado con
todos los injustamente tratados, violentados, mal juzgados, que muere
como nosotros, por nosotros
Él ayuda a descubrir que
los pequeños y los indefensos ocupan un lugar preferente en el corazón
de Dios. Le gustaba abrazar a los niños en la calle delante de sus
madres y bendecir a enfermos y desgraciados. Tocaba a los leprosos e
indeseables que nosotros tememos tocar. Acoge como amigo a pecadores y
gente de vida dudosa. No excluye a nadie de su amor. Siente compasión
por los que “viven como ovejas sin pastor”.
Su quehacer, su vida es
instaurar aquí en este mundo el Reino de Dios. El Reino de Dios, decía,
es que nuestro mundo se configure, se organice en convivencia que
recuerde a una familia que se reúne con gozo y celebra un banquete
festivo, una fiesta de bodas, en el que todos se sientan en la misma
mesa. El Reino lo fue presentando en numerosas parábolas, las gentes
comprendían que había que vivir con gozo, alegría, justicia, paz,
libertad en esta tierra, promete el reino de los cielos a los que
trabajan por implantarlas.
La palabra de Dios se
hacía pensamiento, se hacía vida en los más sencillos que le escuchaban
y le admiraban. Llamaba a algunos para que le siguieran, que trabajaran
con Él por el Reino.
Nos hace pensar en cómo
como hemos de vivir ante Dios, ante los hombres, nos llama para que le
sigamos. Seguirle con el corazón bueno, con la humildad del que necesita
perdón, confianza al saber que tenemos un padre.
El misterio de su figura
nos induce a pensar que la fuerza y clamor de Dios habita entre
nosotros.
Jesús viene a infundir en
nosotros el Espíritu de Dios. Nos alcanza el perdón de Dios. Viene en
nuestra búsqueda cuando nos alejamos de Dios, nos trae el abrazo del
Padre que nos espera para invitarnos a su fiesta. Nuestra existencia
tiene con Él un norte, una esperanza, un sentido.
Jesús nos guía a la otra
vida gloriosa. Nos espera para darnos el abrazo de la vida más allá de
nuestra muerte, en una puerta que él ha abierto y que nadie puede
cerrar. EL es quien nos introduce y presenta ante el Padre.
Con él descubriremos el
deseo profundo de Dios de una vida plenamente feliz para la creación
entera, del Dios que enjugará las lágrimas de todos los que sufren, de
todos los desgraciados de este mundo. Del Dios que saciará la sed de
vida de todos nosotros.
Jesús es el fundamento más
firme para vivir y para morir con esperanza. Jesús es nuestra salvación.
Jesús es el Dios para el hombre. El hombre para Dios.
Para ti, ¿quien es Jesús?
Respondamos cada uno con nuestra verdad.