<%@ Language=JavaScript %> Parroquia de San Vicente Mártir de Abando. Homilias José Larrea Gayarre

 

 

DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

HOMILIAS

JOSÉ LARREA GAYARRE

 

Asunción de María

Por qué sufrir

 

Domingo 22 del Tiempo Ordinario ciclo A. 31 de agosto

 

Nos desconciertan las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: Pedro no acepta que seguirle a Él implique sufrimiento, tampoco consiente que Jesús vaya a sufrir y Jesús le reprende con dureza: “apártate de mi, Satanás, piensas como los hombres, no como Dios”.

Jesús no quiere el sufrimiento ni lo busca para Él ni para los demás. La primera predicación de Jesús fue una invitación a ser felices, felices serán, felices seréis…, su vida fue un acercamiento a los que sufrían, enfermos, pobres, despreciados y ayudarles a quitar el sufrimiento, y ahora dice que para seguirle, cada uno ha de tomar su cruz. Parece un discurso contradictorio. ¿Qué nos quiere comunicar hoy Jesús al decirnos que hemos de llevar nuestra cruz?

El relato evangélico que hemos oído nos sitúa ante la verdad de nuestra vida. Jesús plantea a sus discípulos la verdad de la suya: ha venido a traer el mensaje del Padre, a presentar la verdad de Dios para que nosotros vivamos conforme a ella. Esto le acarrea a Él persecución, la muerte que él acepta por fidelidad a su misión.

Por qué sufrir. Hay sufrimientos que brotan de la entraña de nuestro ser. En lo más profundo de nuestra persona hay un deseo permanente, ilimitado de felicidad, y el no alcanzar lo que deseamos nos acarrea sufrimiento. Los seres humanos somos criaturas limitadas y esto nos plantea una pregunta fundamental para la comprensión del sufrimiento: ¿aceptamos nuestra condición de criaturas, que siempre implica finitud, limitaciones, enfermedad, sufrimiento, muerte? Si no aceptamos que somos limitados, vivimos en el error creyéndonos dueños plenos de nuestra vida; si aceptamos nuestra condición de criaturas limitadas, hemos de aceptar que el sufrimiento ha de llegar, que es algo connatural a nuestro ser el enfermar, el envejecer, el morir y tantos otros límites.

Somos criaturas queridas por Dios, pero queridas así, limitadas: es el misterio ante los porqués del hacer de Dios.

El convencimiento profundo de nuestros límites, el asumirlos como algo nuestro, es una de las condiciones fundamentales para aceptarnos tal como somos, en la verdad de lo que somos, para comprender el por qué del sufrimiento y para no vivir en el engaño de pretender planificar una vida feliz, sin sufrimiento alguno, sin enfermedades, ni vejez, ni persecuciones.

Pero en nuestra vida encontramos también otros sufrimientos que creamos nosotros para nosotros mismos y para los demás.

Son los sufrimientos que son fruto de nuestros increíbles egoísmos e injusticias. Egoísmos con los que nos herimos mutuamente: son el reparto injusto de bienes, el hambre, las vejaciones, las violencias…, nosotros generamos dolor, generamos sufrimiento al apoderarnos injustamente de lo que no nos pertenece negándoselo a otros, con amenazas, el terrorismo, la guerra. Este sufrir es radicalmente malo, es evitable y hay que evitarlo.

Cuando vemos sufrir, pasar hambre, cuando vemos vivir en la tristeza injusta de una soledad a ancianos abandonados por sus propios hijos a los que han dado la vida, han educado a veces con un esfuerzo generoso y que en su vejez no reciben de ellos ni una visita en la residencia en la que les han obligado a vivir; Dios no puede aceptar nuestros egoísmos vergonzosos, nos pide generosidad aunque hayamos de prescindir de caprichos o vanidades mundanas, nos pide que de ningún modo provoquemos el sufrimiento de los demás, que nos ayudemos a vivir dignamente.

Jesús sufrió por la salvación de todos los hombres de todos los pueblos, hemos de estar abiertos a todos los que padecen sufrimientos, opresiones, injusticias, aun a riesgo de las consecuencias que puedan acarrearnos.

Cuando se ama y se vive intensamente la vida, no se puede ser indiferente al dolor grande o pequeño de las gentes. El hombre, la mujer al amar se hacen vulnerables. Amar incluye "compasión", solidaridad en el dolor, porque "no existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno".¿Quién puede decir que ama quedándose impasible ante el dolor ajeno?. ¿Cómo disfrutar sabiendo que se sufre a nuestro lado?.

Jesús no vivió para la cruz. En su vida buscó aliviar los sufrimientos de las gentes, buscó la felicidad para todos y lo hizo con tal radicalidad y verdad, que en la búsqueda de esa felicidad no se detuvo ni siquiera ante su propio sufrimiento, sino que lo asumió por fidelidad al mensaje que el Padre le encomendó por amor al ser humano. Esto le llevó a la cruz porque sus enemigos no aceptaron lo que Jesús hacía y decía y Él no retiró ni una sola palabra, ni huyó, fue consecuente y aceptó la pena máxima, la cruz por fidelidad y amor. Fue su cruz, la cruz que él escogió por amor.

El impedir los sufrimientos, liberar a la humanidad de las plagas vergonzosas provocadas por el egoísmo, el odio, el rencor, por las injusticias, son acciones que traen vida, que ayudan a vivir, y si acarrean austeridad, sufrimientos, es donde hemos de ver la cruz de que nos habla hoy Jesús, el sufrimiento que Él preconiza. Él dijo: “bienaventurados los que trabajan por la justicia, por la paz, los misericordiosos… serán perseguidos, alcanzarán el reino de los cielos”… Así sufrió Jesús, así murió en la cruz, por esta causa noble, justa, pacificadora.

Cuando Jesús nos dice que hemos de amar como El nos ha amado, nos invita a asumir el dolor que este amor lleve consigo. Es el amor solidario, doloroso, que hace surgir salvación y liberación, es “el fruto del grano de trigo que cae en tierra y muere”. Es lo que descubrimos en Jesús crucificado: sólo salva, sólo libera el que es capaz de compartir el dolor solidarizándose con el que sufre.

Convenzámonos, "llevar la cruz" siguiendo a Jesús no significa añadir y buscar para nuestra vida nuevos sufrimientos, nuevas mortificaciones y nuevas cargas, como si esto nos identificara más con el crucificado. Quien de verdad quiere seguir a Jesús no se pone a buscar sufrimientos, se dispone a seguir el camino de Jesús que es desvivirse por los demás. La renuncia y la cruz cristiana llegarán como consecuencia de la experiencia positiva del servicio y de la entrega, de valorar nuestra generosidad por encima de nuestras vanidades y egoísmos, y de ver a Jesús que en la cruz nos ama del modo más increíble y nos invita a amar asumiendo el sufrimiento que el amor generoso exige.

A Él le costó la muerte provocada por el hombre, pero, no lo olvidemos, después de la muerte el Padre le resucitó. Es la promesa que Jesús nos ha revelado también: nuestra felicidad con Él a quienes le sigan en esta vida que a veces nos parece tan contradictoria.


 

 

Quién es Jesús para mi?

 

Domingo 21 del Tiempo Ordinario Ciclo A. 24 de agosto

 

Acabamos de oír que Jesús pregunta a sus discípulos que piensan de él, “quién decís que soy yo”. A nosotros que pretendemos seguirle, nos hace hoy esta misma pregunta.

Nuestra respuesta ha de ser personal, de cada uno de nosotros. No pensemos que es una encuesta, ni tiene porqué coincidir con lo que digan otros: teólogos, eclesiásticos, concilios…eso es fácil de conocer, está bien escrito y posiblemente lo hemos escuchado o leído muchas veces, tal vez en páginas bellísimas, algunas recientemente escritas.

Jesús espera nuestra respuesta, tuya y mía, lo que tú y yo guardamos y que nadie más conoce. Él lo sabe, pero quiere que hoy clarifiquemos ante él nuestra pensamiento, nuestro afecto. Es muy conveniente el estar seguros de quién es para nosotros, nos interesa a ti y a mí, por eso es bueno reflexionar hoy.

Si queremos responder con sinceridad, veremos que no es sencilla la respuesta. Lo más fácil es repetir lo que ya han dicho otros. Debemos responder con lo que cada uno hemos guardado como nuestro. Qué pienso yo del Jesús vivo, que habla, acoge, nos acompaña; quién es, qué me dice, qué guardo de él.

Podemos recordar ahora algunos puntos de apoyo al alcance de todos, que nos pueden ayudar en nuestra reflexión, pero bien entendido que hemos de tratar de enunciar cada uno lo que Jesús representa hoy para mi, nuestra verdad.

Posiblemente nos habrán acercado a Jesús las primeras palabras del evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios…la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Juan dice que Jesús es la Palabra de Dios. La palabra es efusión del ser profundo, del pensamiento, del querer, la palabra es comunicación, es comunión. La Palabra que Dios nos envía, es Dios, es la Buena Noticia que nos revelará el misterio del Dios que va a hacerse hombre y a sentirlo más nuestro.

Jesús se presenta como uno de nosotros, es un hombre en el que Dios está especialmente presente, es Dios que nace, crece, aprende a vivir, se socializa como un niño de tantos en la Palestina de hace 2000 años, asiste a la sinagoga, recita los salmos, vive como un hombre normal de su tiempo en una aldea pequeña de un pueblo ocupado por Roma.

Ya hombre maduro acude al Jordán y se hace bautizar por Juan y se oye una voz de lo alto que resuena como un trueno: “es mi Hijo amado, escuchadle”.

Jesús hombre, nacido de María, hombre como nosotros va a presentar la palabra de Dios, Él es la palabra de Dios. Al oírle oímos a Dios, al verle vemos a Dios, nos sentimos cerca de Dios, al pensar en Él pensamos en Dios. Detrás de su rostro, de su mirada, de sus palabras vemos, escuchamos a Dios.

Su humanidad es la manifestación del Dios escondido, que nos revela lo que es Dios para nosotros. Al verle, en Él vemos que Dios es compasión ante todo dolor, defensa de los maltratados, esperanza de salud para los enfermos. Es el Dios hombre, que vive, que sufre con los que sufren, identificado con todos los injustamente tratados, violentados, mal juzgados, que muere como nosotros, por nosotros

Él ayuda a descubrir que los pequeños y los indefensos ocupan un lugar preferente en el corazón de Dios. Le gustaba abrazar a los niños en la calle delante de sus madres y bendecir a enfermos y desgraciados. Tocaba a los leprosos e indeseables que nosotros tememos tocar. Acoge como amigo a pecadores y gente de vida dudosa. No excluye a nadie de su amor. Siente compasión por los que “viven como ovejas sin pastor”.

Su quehacer, su vida es instaurar aquí en este mundo el Reino de Dios. El Reino de Dios, decía, es que nuestro mundo se configure, se organice en convivencia que recuerde a una familia que se reúne con gozo y celebra un banquete festivo, una fiesta de bodas, en el que todos se sientan en la misma mesa. El Reino lo fue presentando en numerosas parábolas, las gentes comprendían que había que vivir con gozo, alegría, justicia, paz, libertad en esta tierra, promete el reino de los cielos a los que trabajan por implantarlas.

La palabra de Dios se hacía pensamiento, se hacía vida en los más sencillos que le escuchaban y le admiraban. Llamaba a algunos para que le siguieran, que trabajaran con Él por el Reino.

Nos hace pensar en cómo como hemos de vivir ante Dios, ante los hombres, nos llama para que le sigamos. Seguirle con el corazón bueno, con la humildad del que necesita perdón, confianza al saber que tenemos un padre.

El misterio de su figura nos induce a pensar que la fuerza y clamor de Dios habita entre nosotros.

Jesús viene a infundir en nosotros el Espíritu de Dios. Nos alcanza el perdón de Dios. Viene en nuestra búsqueda cuando nos alejamos de Dios, nos trae el abrazo del Padre que nos espera para invitarnos a su fiesta. Nuestra existencia tiene con Él un norte, una esperanza, un sentido.

Jesús nos guía a la otra vida gloriosa. Nos espera para darnos el abrazo de la vida más allá de nuestra muerte, en una puerta que él ha abierto y que nadie puede cerrar. EL es quien nos introduce y presenta ante el Padre.

 Con él descubriremos el deseo profundo de Dios de una vida plenamente feliz para la creación entera, del Dios que enjugará las lágrimas de todos los que sufren, de todos los desgraciados de este mundo. Del Dios que saciará la sed de vida de todos nosotros.

Jesús es el fundamento más firme para vivir y para morir con esperanza. Jesús es nuestra salvación. Jesús es el Dios para el hombre. El hombre para Dios.

Para ti, ¿quien es Jesús? Respondamos cada uno con nuestra verdad.

 

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