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LOS
PUNTOS CLAVES DE TODA EDUCACION
Son cuatro
los soportes esenciales sobre los que se asienta el éxito de toda labor
educativa: el amor a los hijos, la unión entre los esposos, el ejemplo de
los padres y el diálogo padres-hijos.
Un
circulo vicioso (o virtuoso)
Cuando la
vida de los padres es para el hijo un modelo que imitar, surge la
admiración, base del amor, y de la admiración nace el respeto, y, de él, la
obediencia.
Y como
respuesta a esa obediencia del hijo, la moderación de los padres en el
ejercicio de la autoridad. Si hoy día existe en muchas familias una
verdadera crisis de obediencia es porque falta el ejemplo de los padres y,
en consecuencia, no hay admiración, respeto, ni obediencia. Al no haber
obediencia de los hijos, los padres tratamos de imponernos a través de un
ejercicio rígido de la autoridad.
EN UNA ATMÓSFERA DE AMOR
René
Spitz, médico y psicoanalista vienés especializado en la infancia, realizó
un estudio en una Casa Cuna y encontró que, mientras entre 220 niños criados
por sus madres no murió ninguno, en una muestra correlativa de no criados
por sus madres falleció el 37 por ciento. Prueba evidente de que el niño
precisa, para su desarrollo físico, psíquico, afectivo e intelectual, de la
presencia y el cariño de su madre. Quienes fueron frutos del amor no
alcanzarán su plenitud como hombres o mujeres -que eso es la educación- sino
en una atmósfera de amor. Deseo llamar la atención sobre tres puntos:
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La ternura, manifestación delicada del amor, que no ha de confundirse con el
mimo y es armonizable con la autoridad.
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Atención a los acontecimientos de la vida del niño que deben ser celebrados.
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Atención a lo específico de cada hijo.
Pero para que ello sea posible, es
también necesario que exista la unión y el amor entre los esposos. La
elevada correlación entre delincuencia juvenil y familias destruidas por el
divorcio o la separación, debería hacemos meditar a cuantos somos padres o
educadores. Ya hace más de treinta años, Odette Phihppon señalaba, en su
estudio La juventud os acusa,
que, «en todos los países, se ha comprobado que el divorcio constituye
una de las principales causas del aumento de la delincuencia juvenil. Los
hijos de madres solteras, que en su mayor parte viven con la familia de la
madre, no corren en este aspecto tanto peligro como los hijos de matrimonios
divorciados».
Nada penetra en el alma del hijo tan
directa y profundamente como el ejemplo. Dice Jaurés: «No se enseña lo
que se sabe, ni se enseña lo que se dice: se enseña lo que se hace».
Y es que el ejemplo es una lección que el niño recibe no como algo teórico
que resbala por su mente, sino como un modo concreto de obrar ante tal o
cual situación.
Una niña puede pensar: «Me dicen que
no sea perezosa y que renuncie a mi comodidad para ayudar a los otros. Mamá
se levanta cada día a las siete para preparar el desayuno, y papá llega
cansado por la noche y se pone a explicarnos cosas o a repasar. Debe ser
importante no ser perezosa y sacrificarse por los demás». Y a la
inversa: «No debe ser tan malo
soltar tacos, cuando con tanta
frecuencia lo hace papá. ¿Ser fiel a la verdad? ¿Hablar bien de los otros?
¡Pero si papá me encargó ayer, cuando vino a preguntar por él un señor, que
dijera que no estaba en casa; y él y mamá se pasan el día criticando a los
vecinos y a la familia!»
Pero el ejemplo adquiere especial
importancia cuando llega la adolescencia. Con la adolescencia, la
inteligencia del niño adquiere una cierta madurez. Y es inútil fingir ante
él. Son los hechos los que cuentan. De ahí la importancia de que sea la
propia vida la que en estos años predique al hijo.
Verdadero diálogo
El diálogo, en nuestros días, es de todo
punto necesario. Elemento clave del diálogo es
saber escuchar. Escuchar no
es simplemente dejar hablar, es mostrar interés, es colocarnos en el lugar
del otro para comprender mejor su manera de pensar, es tener paciencia y no
atosigar al que habla.
Con frecuencia, los padres queremos que
los hijos nos digan lo que nosotros deseamos oír, o intentamos justificarnos
y dar nuestras propias razones, o buscamos apabullarles, y nada de eso es
saber escuchar. El diálogo requiere tiempo. Un tiempo que los padres estamos
obligados a dar a nuestros hijos quitándolo, si preciso fuere, de nuestro
descanso, de nuestros hobbies,
de nuestro trabajo. Hemos de tener una adecuada jerarquía de valores,
distribuyendo el tiempo de forma que no resulta perjudicado aquello que
tiene prioridad sobre lo demás.
Pero siendo importante el ambiente del
hogar, no es lo único a tener en cuenta. Los hijos pasan en el colegio una
parte muy importante de la jornada, y a lo largo de ese tiempo reciben el
influjo de profesores y compañeros. Y todo eso va dejando su huella, como la
van dejando los amigos, a los qué a veces prestan más atención que a los
propios padres; la sociedad, con su confusionismo de ideas, con su crisis de
fe, su masificación de las costumbres y su mentalidad hedonista; y, en
última instancia, su propia libertad personal, que explica cómo, entre
varios hermanos, unos respondan bien y otros no. Esto quiere decir que
tengamos conciencia de nuestras limitaciones, pero sin olvidar que, por
grande que sean otros influjos, lo más decisivo va a ser la huella de los
padres.
Luis
Riesgo Ménguez
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