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UNA
ORACIÓN NUEVA
PARA
UNA
NUEVA EVANGELIZACION
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
¿Qué
tiene que producirse en la Iglesia de hoy para que pueda comunicar al Dios de
Jesucristo como Buena Noticia para el hombre contemporáneo?
¿Qué
ha de suceder en las comunidades cristianas para que se pueda desencadenar una
«nueva evangelización», es decir; la comunicación viva del Evangelio como
algo nuevo y bueno?
Estas
son las preguntas que subyacen en el trasfondo de esta reflexión que tiene
cuatro partes:
En
un primer momento, tomaremos conciencia de un hecho básico. No hay
evangelización si no hay experiencia del Espíritu. No habrá nueva
evangelización si no arranca de una nueva experiencia pascual.
En
un segundo momento, reflexionaremos sobre la llamada a la tarea
evangelizadora. No hay evangelización si no hay evangelizadores.
No
habrá nueva evangelización si no se escucha de manera nueva y vigorosa la
llamada a evangelizar y si no crece la espiritualidad apostólica de los
creyentes.
La
nueva evangelización trata de hacer presente el Evangelio en medio de una
sociedad que se va alejando de Dios, pero que necesita descubrir su verdadero
rostro.
En
la tercera parte, veremos cómo la nueva evangelización sólo la harán
posible aquellos que vivan hoy una nueva experiencia de Dios, Amigo y Salvador
del hombre.
Por
último, se ofrecen algunas pistas para cuidar y desarrollar una oración
capaz de suscitar y alimentar la nueva evangelización.
1.
LA
ACOGIDA DEL ESPIRITU
FUENTE
DE NUEVA EVANGELIZACION
No
hay evangelización si no hay Pentecostés. La nueva evangelización sólo
nacerá de una nueva experiencia del Espíritu.
1.
La experiencia pascual, desencadenante de la evangelización
Los
relatos pascuales nos ofrecen un dato básico y central. Los encuentros con el
Resucitado terminan invariablemente en una llamada a la evangelización. «Como
el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21); «Vosotros
sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48); «íd y haced discípulos a
todas las gentes» (Mt 28, 19); «íd por todo el mundo y proclamad la
Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
El
encuentro con Cristo resucitado no se puede callar, hace surgir el anuncio,
provoca la evangelización. Esta evangelización no es, en definitiva, sino la
comunicación de la experiencia pascual. La exigencia de evangelizar sólo
irrumpe entre los discípulos cuando han vivido la experiencia gozosa de la
salvación que Dios realiza en Jesucristo. Sin esta experiencia fundante no
hay evangelización.
Esto
es de enorme importancia para entender y enraizar bien la nueva evangelización.
«Evangelizar» es actualizar o reproducir hoy esa experiencia
salvadora, transformadora, esperanzadora, que comenzó con y en Jesucristo.
Dicho de otro modo, «evangelizar» es hacer presente hoy en la vida de
las personas, en la historia de los pueblos, en el tejido de la convivencia
social, en los conflictos, los gozos, las penas y trabajos del hombre actual,
esa fuerza salvadora que se encierra en la persona y el acontecimiento de
Jesucristo.
Por
eso, la acción evangelizadora hacia otros arranca siempre de la experiencia
personal de la salvación de Jesucristo vivida por los mismos creyentes en el
seno de la comunidad cristiana. Para san Pablo, el Evangelio es «fuerza de
Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16). Así se produce
siempre la verdadera evangelización: como una penetración de la fuerza
salvadora de Dios en la historia de los hombres, a través de unos creyentes
que han hecho o, mejor, están haciendo en su propia vida esa experiencia
salvadora.
Este
es el dato que no se debe olvidar. La evangelización es siempre expansión,
irradiación, comunicación de la experiencia de salvación que vive el
creyente o, mejor, la comunidad de creyentes. Sin nueva experiencia pascual no
hay nueva evangelización. Por muchos cambios y mejoras que se introduzcan en
el trabajo, las estructuras o la organización pastoral, la Iglesia no tendrá
más fuerza evangelizadora si en su interior no hay una experiencia más viva
de la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo.
2.
El vacío de una evangelización sin Espíritu
La
Iglesia nace, vive, crece y evangeliza animada por el Espíritu. El es el
«dador de vida», el principio vital que impulsa la acción evangelizadora.
Por eso, el mayor error que puede cometer la Iglesia de hoy, al impulsar la
nueva evangelización, es pretender sustituir con la organización, el
trabajo, la estrategia o la planificación lo que sólo puede nacer de la
fuerza del Espíritu.
El
olvido del Espíritu trae siempre graves consecuencias para la evangelización.
Sin el Espíritu, Cristo se queda en un personaje del pasado, el Evangelio es
letra muerta, la Iglesia pura organización. Sin el Espíritu, el trabajo
pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional, la evangelización
en propaganda religiosa, la acción caritativa en servicio social.
Sin
el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, la liturgia se congela,
los carismas se extinguen, la esperanza es reemplazada por el instinto de
conservación, la audacia para la misión desaparece. Sin el Espíritu, se
produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace
adoctrinamiento, la vida de la Iglesia se apaga en la mediocridad, incapaz de
irradiar y comunicar la Buena Noticia de Dios al mundo actual.
3.
Hacia una evangelización animada por el Espíritu
Tal
vez, el problema más decisivo a la hora de impulsar la nueva evangelización
es ver cómo queremos sembrar y de dónde esperamos el fruto correspondiente,
si de la carne o del Espíritu (Ga 6, 8). Nuestra primera tarea hoy es «hacer
sitio» al Espíritu dentro de la Iglesia y de las comunidades cristianas.
Acoger al Espíritu en lo hondo de nuestros corazones y en el interior de la
actividad pastoral y evangelizadora. Esta acogida del Espíritu es don y es
lucha que hemos de vivir en oración y vigilancia según la invitación de Jesús:
«Vigilad y orad ... porque el Espíritu está pronto, pero la carne es débil»
(Mc 14, 38).
Esta
experiencia del Espíritu en una Iglesia que desea impulsar una nueva
evangelización no se puede planificar ni programar. Ella misma es don
gratuito del Espíritu. Pero sí se puede suscitar la invocación, despertar
la atención a lo interior, sugerir caminos de apertura al Espíritu, cuidar más
la oración apostólica propia del evangelizador, impregnar y animar nuestro
trabajo de alabanza y adoración.
En
cualquier caso, la Iglesia de hoy está necesitada de esa experiencia fundante
que hizo posible la primera evangelización. Está necesitada de un «nuevo
Pentecostés», que no se producirá sin una nueva experiencia de la oración
del cenáculo: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu,
en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus
hermanos» (Hch 1, 14). Pretender impulsar la nueva evangelización sin
esta experiencia de oración y de Espíritu es privarla desde el comienzo de
su verdadera eficacia y contenido.
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