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UNA
ORACIÓN NUEVA
PARA
UNA
NUEVA EVANGELIZACIÓN
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
III.
UNA NUEVA EXPERIENCIA DE DIOS COMO BUENA NOTICIA
«Evangelizar»
en su sentido más original, quiere decir literalmente «anunciar una Buena
Noticia», y, en su contenido cristiano, significa anunciar, comunicar,
hacer creíble la Buena Noticia de Dios. Por eso, al hablar de «nueva
evangelización», no podemos eludir una pregunta clave: ¿Puede el Misterio
de Dios llegar a ser Buena Noticia en nuestra sociedad, algo realmente nuevo y
bueno para los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué tiene que suceder para que
Dios pueda ser experimentado como Buena Noticia? ¿Qué tiene que producirse
para que la Iglesia y los creyentes puedan introducir «el evangelio», Buena
Noticia de Dios en esta sociedad?
No
es una pregunta más. Es probablemente la pregunta clave para imprimir la
dirección correcta a la evangelización en el momento actual. Es necesario,
sin duda, preguntarnos cómo ha de ser la nueva evangelización, «nueva en su
ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión», según las palabras
de Juan Pablo II. Pero, antes, habremos de preguntarnos cómo va a
ser en verdad «evangelización», es decir, noticia nueva y buena de Dios. ¿Cómo
actualizar hoy a ese Jesús que «proclamaba la Buena Noticia de Dios»? (Mc
1, 14).
1.
En medio de una sociedad que se aleja de Dios
La
nueva evangelización no tiene como horizonte el mundo pagano, sino una
sociedad que «está de vuelta» del cristianismo. La indiferencia
religiosa actual es un estado al que muchos han llegado después de tener
contacto con la fe cristiana. Para estas personas, el cristianismo no tiene
ninguna novedad. Lo cristiano les resulta algo sabido. Un discurso repetitivo
y vacío que ya no encuentra eco en sus conciencias. Por otra parte, muchos
no guardan buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo que
dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia liberadora,
fuerza y alegría para vivir, fuente de sentido y esperanza. Al contrario, en
ellos ha quedado el oscuro recuerdo de un Dios peligroso y amenazador, que no
deja ser ni disfrutar, alguien que hace la vida del hombre más dura y difícil
de lo que ya es por sí misma. Y, naturalmente, van prescindiendo de El.
Por
eso, en el arranque mismo de la nueva evangelización hay preguntas que no
hemos de ignorar. Estos hombres y mujeres, aparentemente tan desinteresados
por la religión, ¿ya no la necesitan? ¿Qué queda en ellos de esa fe que un
día habitó su corazón? ¿Se han cerrado para siempre al Dios de Jesucristo?
¿Cómo acercar a Dios a estas personas que, habiendo oído hablar de El, hoy
le dan la espalda? ¿Cómo hacer creíble a Jesucristo a personas que lo
rechazan, después de haber escuchado, de alguna manera, su mensaje?
En
el trasfondo de todas estas preguntas subyace un grave interrogante: ¿Hemos
perdido los creyentes capacidad para presentar la salvación cristiana como
Buena Noticia? ¿Qué es lo que ha sucedido después de veinte siglos de
cristianismo? ¿Por qué el anuncio cristiano ya no es Buena Noticia para
muchos? ¿Es problema sólo y exclusivamente de la sociedad actual? ¿O es
problema también de que «la sal se ha desvirtuado» y de que «la luz ha
quedado oculta»?
Hace
unos años, E. Schillebeeckx hacía esta grave afirmación:
«La razón
primordial de que nuestras Iglesias se vacíen parece residir en que los
cristianos estamos perdiendo la capacidad de presentar el Evangelio a los
hombres de hoy con una fidelidad creativa, junto con sus aspectos críticos,
como una buena nueva (a lo sumo lo hacemos verbalmente: hablando
autoritariamente
del Evangelio y de la buena nueva que debe aceptarse por respeto a la
autoridad del Nuevo Testamento). Y ¿quién querrá escuchar lo que ya no se
presenta como una noticia alentadora, especialmente si se anuncia en tono
autoritario invocando el Evangelio?»
2.
Comunicar a Dios como Buena Noticia
Lo
primero y decisivo en la nueva evangelización es saber comunicar a Dios
como Amigo y Salvador del hombre de hoy. Dios sólo será de nuevo Buena
Noticia si pueden captar en nuestro anuncio lo que la gente captaba en la
predicación de Jesús: que Dios está siempre del lado del hombre frente a
todo mal que lo oprime
y
esclaviza; que sólo interviene en nuestra vida para salvar, liberar,
potenciar y elevar la vida; que sólo busca y exige lo que es bueno para el
ser humano.
Todo
esto exige revisar y purificar el contenido de nuestro anuncio, la imagen de
Dios que sale de nuestros labios, el lenguaje que empleamos, el tono, la fe
que ponemos en nuestra palabra, la forma de presentar la moral evangélica,
la conversión a Dios, la salvación. ¿Es realmente el Dios revelado en
Jesucristo a los pequeños, a los pecadores, a los enfermos el que se deja
entrever en nuestra palabra? La nueva evangelización nos ha de recordar que
se nos ha confiado «el ministerio de la reconciliación». Así se expresa
san Pablo: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando
en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios
la palabra de la reconciliación» (2Co 5, 18-19).
Pero,
naturalmente, no basta revisar y purificar la imagen de Dios que
transmitimos con los labios. Jesús no sólo anuncia a un Dios bueno para el
hombre, él mismo es bueno. No sólo habla de un Dios perdonador, él mismo
acoge, comprende, perdona, libera de la culpa y la confusión. No sólo
predica a un Dios Salvador, él mismo sana, reconstruye a las personas, crea
fraternidad, da fuerzas para vivir y esperanza para morir. Jesús él mismo
era Buena Noticia, Evangelio de Dios, «parábola viviente» de un Dios bueno.
Por
eso, no basta una predicación más «correcta» sobre Dios. Es necesario
que los que hablan de Dios sean buenos. Así de sencillo. La nueva
evangelización la impulsarán hombres y mujeres buenos. Creyentes que, por su
manera de ser, de actuar y reaccionar, por su compromiso en favor de los débiles
y los indefensos, por su solidaridad y cercanía a las víctimas, introduzcan
algo bueno de Dios en la vida de los hombres y mujeres. Testigos de la
misericordia y la ternura de Dios hacia todo hombre. Sólo ellos pueden
anunciar a un Dios Amigo. Sólo ellos pueden despertar la esperanza.
3.
Nueva experiencia de Dios
No
habrá, pues, evangelización nueva si no hay en los que la impulsan una
experiencia nueva y gozosa de un Dios Amigo. Son los mismos evangelizadores
los que han de experimentar que Dios es bueno, que encontrarse con El hace
bien, que acoger su gracia hace vivir de manera más plena y positiva. No se
trata de una convicción teórica, sino de una experiencia vivida.
Si
falta esta experiencia, todo se vuelve rutinario y pesado. La evangelización
se convierte en una carga que se hace por pura obligación, pero que ha
perdido su motivación e inspiración más profundas. Se anuncia a Dios, pero
sin gozo ni entusiasmo alguno; se predica a Jesucristo, pero sin la convicción
de que se está ofreciendo lo mejor para el hombre; se exhorta a la conversión
a Dios, pero no como camino de vida más plena y liberada.
No
se puede comunicar la fe como algo bueno y verdadero si no es desde la propia
experiencia. Si esta experiencia falta, no habrá verdadera comunicación de
«Evangelio». La evangelización nace del gozo, del agradecimiento. Sólo
se anuncia una Buena Noticia a otros cuando uno mismo la ha saboreado. En la
raíz de la nueva evangelización es necesaria una oración que permita y
favorezca la experiencia de Dios como Buena Noticia.
Pedagogía de una
oración para la nueva evangelización
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