En
mis dudas sobre la pertinencia o no de escribir estas líneas vino en mi
ayuda el poeta: «Entre el silencio y el grito, la palabra, la palabra
siempre amenazada». Los sistemas rígidos fácilmente se sienten asediados
y no dejan espacio para la circulación de voces diferentes en su seno.
Tomar la palabra se paga caro, con la expulsión o con el ostracismo. Lo
fácil entonces es el silencio obsequioso del miedo, para no crearse
problemas, para no caer en desgracia, para seguir contando en el
sistema; pero también surge fácil el grito, es decir, la contestación
sistemática, la pataleta airada, la agresividad. El poeta reivindica la
palabra razonada y libre, pese a los costes personales, responsable y
consciente de las repercusiones de lo que se dice. Discrepar en la
Iglesia católica de nuestros días ni es fácil, ni sale gratis, sobre
todo si no aceptas encasillamientos ni banderías, cuando deseas hacerlo
de forma constructiva sin que tus palabras sirvan a la creciente
fractura social por motivos religiosos (laicismo militante versus
catolicismo político), sino al contrario, para superar este maldito
contencioso de nuestra historia.
Me permito este párrafo
introductorio cuando mi intención es hacer unas reflexiones sobre la
'Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, Jesús.
Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007, 544pp.)' de la Comisión
Episcopal para la Doctrina de la Fe publicada con la autorización de la
Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, y dada a
conocer el viernes 27 de junio. Es conocido el éxito del libro, del que
se han vendido casi 50.000 ejemplares y del que se anuncia para
septiembre una segunda edición, que cuenta con el 'nihil obstat' del
obispo de San Sebastián y en la que el autor ha introducido algunas
modificaciones en vista de las críticas recibidas. Con la brevedad y
sencillez requeridas por un artículo periodístico expondré el contenido
de la nota, que tiene dos partes. En la primera se critica el método y
en la segunda se denuncian seis errores doctrinales.
La metodología de Pagola
es la compartida por toda la investigación exegética de nuestros días y
la resumo en los puntos siguientes, todos cuestionados por la Nota:
a) Los evangelios son
testimonios creyentes sobre Jesús, que se basan en datos históricos,
pero no son crónicas históricas.
b) Por eso es
perfectamente legítimo analizar el valor histórico de cada escena
evangélica.
c) Igualmente hay que
distinguir la investigación histórica sobre Jesús de la reflexión
teológica y creyente sobre su persona.
Pagola no sólo afirma su
fe en Jesús, sino que es ella la que le mueve a embarcarse en la
investigación histórica, pero metodológicamente no puede introducir la
fe en su trabajo histórico. Esto no sólo es perfectamente legítimo, sino
necesario en la medida en que la ineludible asunción de la razón en el
seno de la fe (tema reiterado por el Papa actual) implica que la
confesión cristológica acepte sin miedo alguno, al contrario, la vea
como un estímulo, la investigación histórica sobre Jesús. La Nota achaca
a Pagola que «parece sugerirse que para reconstruir la figura histórica
de Jesús haya que prescindir de la fe». Pues sí, metodológicamente no se
puede introducir la fe en el trabajo histórico. Hay que respetar la
autonomía de cada ciencia, también de la historia, y ser, al mismo
tiempo, bien conscientes de sus límites. La obra actual más importante
sobre el Jesús histórico es la de un norteamericano católico, J. P.
Meier, se titula 'Jesús, un judío marginal', y se han publicado tres
gruesos tomos, que han sido traducidos al castellano. Al inicio de la
obra dice lo siguiente: «En lo que sigue haré lo posible por poner entre
paréntesis cuanto sostengo por fe y examinar solamente lo que se puede
mostrar como cierto o probable por investigación histórica y
razonamiento lógico (...) atreverme a una estricta distinción entre lo
que conozco acerca de Jesús mediante estudio y raciocinio y lo que
sostengo mediante la fe. Tal distinción está sólidamente arraigada en la
tradición católica: por ejemplo, Tomás de Aquino distingue
cuidadosamente entre lo que conocemos por razón y lo que afirmamos por
fe». Pagola no hace algo diferente, y la obra de Meier goza de gran
prestigio en el mundo católico y es citada como el mejor ejemplo de
exégesis científica, con su méritos y limitaciones, en la selecta
bibliografía que Ratzinger-Benedicto XVI incorpora al final de su obra
sobre Jesús. Por ejemplo, está abierto a la discusión científica si la
localización del nacimiento de Jesús en Belén responde a un interés
teológico o a una realidad histórica; como lo está la historicidad de la
comparecencia de Jesús ante el Sanedrín, en la pasión, escena que bien
pudiera ser fundamentalmente una construcción teológica. Esto es
evidente en los estudios bíblicos actuales y para nada compromete a la
fe. La Nota refleja mucha ignorancia cuando echa en cara a Pagola su
postura en estos dos casos, que cito sólo a modo de ejemplos.
En el aspecto
metodológico la Nota achaca a Pagola que sitúa a Jesús en «un horizonte
preferentemente humano» y adopta «el análisis propio de la lucha de
clases». En realidad lo que hace nuestro autor es situar a Jesús en las
circunstancias sociales e históricas de Palestina y del Imperio romano.
La contextualización de la enseñanza y vida de Jesús es una de las
grandes aportaciones de la investigación actual. Es tomarse en serio la
encarnación, comprender que Jesús habla en función de unos problemas
concretos y que vivió en un tiempo y en un país atravesado por enormes
tensiones sociales. Pagola se basa en los estudios históricos más
solventes que existen en estos momentos y no utiliza ni por asomo las
categorías de lucha de clases ni de ninguna otra escuela sociológica.
Jesús dice «bienaventurados los pobres y malditos los ricos» y María
alaba a Dios porque «derriba a los potentados de sus tronos y exalta a
los humildes. A los hambrientos colma de sus bienes y a los ricos
despide con las manos vacías». ¿Demasiado fuerte? ¿Jesús, María, Lucas,
que transmite estas palabras, se guían por la lucha de clases?
En resumen, la Nota en
sus planteamientos metodológicos, por su forma de tratar la naturaleza
de los evangelios y porque no deja espacio para su estudio crítico,
responde a una actitud fundamentalista. Este documento abre un
contencioso, no ya con Pagola, sino con los presupuestos básicos de los
estudios bíblicos modernos, que tanto costó aceptar en la Iglesia
católica y que fue uno de los signos distintivos del Vaticano II.
La antes mencionada
confusión de no diferenciar el estudio histórico de Jesús de la
reflexión creyente sobre su persona -ambas legítimas y necesarias- se
pone de manifiesto en la Nota cuando denuncia los supuestos errores
doctrinales del libro de Pagola. Y es que la divinidad de Jesús, el
sentido salvífico de su muerte, su resurrección, son afirmaciones
estrictamente creyentes, inasequibles como tales al método histórico. Se
equivoca radicalmente la Nota cuando dice que Pagola «presenta una
historia que es incompatible con la fe». En las pocas horas
transcurridas desde la publicación de la Nota me he preocupado de
consultarla con varios colegas españoles y extranjeros de reconocido
prestigio y todos han manifestado su asombro ante esta afirmación
episcopal. La Nota está anclada en planteamientos apologéticos
trasnochados. La investigación histórica de Pagola está, clara y
expresamente, abierta a la interpretación de la fe de la Iglesia, que
ciertamente supone un desarrollo peculiar en la comprensión de la vida y
persona de Jesús.
Un artículo periodístico
no es el lugar para entrar en discusiones más técnicas. Pero ¿por qué
esta denuncia del libro de Pagola y no se dice nada de tantos otros
libros sobre el Jesús histórico de reconocidos exegetas, traducidos al
castellano, y que son mucho más críticos? Se llega a decir del libro de
Pagola que es «dañino». Tenemos innumerables testimonios de personas a
quienes ha ayudado a profundizar en su fe y, lo que es más notable, de
gente que han descubierto, con interés y hasta con entusiasmo, la
persona de Jesús. Muchos pensamos que este libro ha hecho un bien
pastoral y cultural inmenso. Por supuesto, en él hay muchas cosas
discutibles. Esto va en la naturaleza misma de un estudio histórico,
necesariamente hipotético, limitado y aproximativo (como reconoce el
autor en el subtítulo). Sería muy interesante discutir algunos puntos
del libro, pero lo malo es que la condena episcopal, autoritaria y
descalificadora, hecha desde presupuestos fundamentalistas, impide la
discusión crítica y libre. El libro de Pagola está escrito en un estilo
narrativo, fluido, de fácil lectura, y aquí radica uno de sus méritos.
Un libro de estas características requiere una lectura flexible, que no
aísle una afirmación del conjunto y no pierda de vista el hilo conductor
de la obra. En el prólogo de su libro sobre Jesús, Ratzinger-Benedicto
XVI reconoce que su obra es discutible y añade: «Sólo pido a los
lectores y lectoras una actitud de simpatía sin la cual no es posible la
comprensión». La Nota de la Comisión episcopal, además de sus notables
carencias intelectuales, refleja una lectura carente de la mínima
empatía con el texto, de la voluntad de entenderlo positivamente, y así
se explica que a la flojedad intelectual se una la injusticia en sus
valoraciones.
José Antonio Pagola:
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